Casi no conversamos, en todo el viaje el silencio se volvió nuestro tercer compañero. Las dudas y los aciertos se me confundían. Duerme un rato niña, me dijo Ramón, cuando despiertes creerás que solo fue un sueño. A mediados de diciembre me devolví a Valdivia, el calor de Santiago me mataría si me quedaba un día más, decidí pasar a despedirme de mi mejor amigo a San Bernardo. Entre risas y chacotas se me hizo tarde. Javier me llevo volando en el auto de su papá hasta la panamericana. Hacia tanto calor que le pedí a mi amigo que se fuera y que no se estuviera conociendo el trasero. Mi amigo obediente se marcho a su hogar. El bus no llegaba, comencé a inquietarme, demoraba tanto que llame al Terminal,pero para mi sorpresa el bus se había pasado de largo. – Cresta me repetí mil veces solo me quedaba dinero para el regalo de mamá. No se que cara puse que se me acerco un vendedor ambulante y me preguntó si estaba bien. – No le respondí, se me paso el Bus de Valdivia y no me queda dinero suficiente como para otro pasaje -. El tipo lanzó una risotada bien escandalosa, pero niña loca me dijo, si puedes hacer dedo, en media hora más comienza el desfile de camiones al sur y tu estas bien regia, así que no creo que tengas problemas, cualquier chofercito querrá llevarte. – Como se le ocurre hombre, no ve que soy una mujer y se puede ver feo. – Hay niña no seas tonta, si ha de pasar algo extraño eso depende de ti, no seas tontita, de paso le haces compañía a un pobre camionero y te ahorras la plata. Como que no lo pensé mucho y le pregunte al tipo si me podía hace parar un camión, el hombrecito accedió sin demora alguna, con una facilidad tan inofensiva que de momentos me sorprendió el submundo en el que me estaba sumergiendo. Era un enorme camión petrolero, con olor a grasa y a papel que intervenían a ratos en nuestras conversaciones. El chofer era un tipo de unos treinta años, callado y de mirada desconfiada. No se que le habrá dicho el vendedor sobre mi persona, que el hombre casi no me miraba, solo me pidió al subir que no parara de conversar porque eso le vendría bien. No me quedaba otra alternativa que estar 10 horas sin cerrar un ojo, jamás me había subido a tal monumento, se veía hermosa la carretera, las luces y los cambios en ellos le daban una atmósfera atractiva y emocionante, se sentía adrenalina en el ruido que se desprendía del motor, las bocinas se cruzaban entre saludos y gestos. Estos hombres si que tienen códigos, en ellos las palabras son un innecesario sonido, el eco de estas señales se perciben entre gritos de motores. De que parte de Santiago eres me pregunto el tipo después de casi media hora sin hablar. Soy de Valdivia, pero estudio en Santiago Servicio Social y usted que estudia pregunté lerdamente mientras el tipo me interrumpió con una risa entrecortada. – Soy chofer y voy a Puerto Montt. Me acorde de mi abuelita Cañe, ella vivía allá, era una vieja que había resistido el aire marino, y desde su ventana que daba al fondo del patio se podía oler el mar , la casa anclada en el cerro estaba en una posición ventajosa, de niña solía trepar la ventana y subirme a uno de esos grandotes árboles a mirar los barcos, soñaba que el amor de mi vida vendría en uno de los trasatlántico que encallaba en la costa. Un cambio de luces deportó mi rostro hacia el tipo que se veía bastante serio. Estará enojado pensaba o tal vez no reparo que dormite, menos podría imaginar que soñaba con mi abuelita. - Así que llega hasta Puerto Montt y en que parte se duerme le cuestione-. En la calle del cementerio, la que esta en el cerro Huasco -.Casi me desmaye, la calle de mi abuelita Cañe, no podía ser tanta coincidencia. Comencé a contarle que cuando niña jugaba en el cementerio con mi perro toffi y con mis hermanas, que era extremadamente divertido saltar entre las tumbas y que el nochero nos perseguía con una pequeña linterna. A veces mamá nos venía a buscar, al cementerio y nos perseguía hasta la casa con una decena de latigazos. Como odiaba al nochero, era un viejo amargado y copuchento, siempre nos iba a acusar y yo me arrancaba a casa de mi abuelita, ahí estaba hasta que amanecía, mientras ella dormitaba, mis piernas rodaban hacia la cocina para robar las galletas de quaker que se escondían entre tanta caja vacía. Un día mi abuela me sirvió leche con galletas y se olvido que la observaba, me hice la tonta y le robaba siempre que podía una que otra galletita. Me gustaba dar una ojeada a los barcos, ver como descargaban una gran cantidad de cajas muy grandes me embelesaba, imaginaba que en aquellas monumentales cajas existían tanta variedad de dulces que podrían ser todas para mí. Quieres un dulce dijo Ramón, el camionero, me lo expresó justo cuando mi mente se concentraba en la nostalgia de mi niñez. – Gracias, me gustan muchos las golosinas, algún día pagare este vicio, como se pagan todos los hermosos placeres de la vida -. Hay que puro gozar me decía Ramón el camionero, yo creo que la vida es tan efímera que en un cerrar de ojo desaparecemos así como desaparecerán nuestros recuerdos.- No se si los recuerdos se esfumen, yo recuerdo a mis muertos con cariño y espero que se me inmortalice de la misma manera, creo que es la única forma de que la vida valga la pena. Una vez mi abuela me dijo esto mismo, una tarde cuando mi mamá me golpeo el rostro y me dejo uno de mis ojitos moreteados. La vida vale la pena en el dolor, me decía siempre con tanto cariño, pues del dolor aprenderás que jamás deberás golpear a tus hijos de esta manera, que deberás corregirlos de tal manera que sea una lección, no un dolor. Todavía no puedo entender eso, el odio que le tengo a mi mamá me hace no comprender aun esas palabras. Vives con tu madre me pregunto Ramón, como si siempre estuviera leyendo mi mente. No le respondí, ella vive en Valdivia y yo con una tía a unas cuantas cuadras de la casa.- Y usted con quien vive le consulte. – Vivo al lado de la casa de tu abuela. – Pero si mi abuelita ya esta muerta.- Me miro fríamente, tan frío que su mirada espeluznante, se ubico por toda mi espalda, las luces se hacían cada vez más fuertes y al pasar por un túnel este se hacía cada vez más interminable, sentía tensar mis músculos, mi cuerpecito era una pelota que rato se dejaba desinflar, al final del túnel le pedí que parara, porque me estaba ahogando y necesitaba respirar, al bajar del camión una mano suave y arrugadita me recibió y me invitó a seguirla, la mano de la abuela había aparecido entre los anonimatos a buscarme, le pedí que por favor aun no me llevara, que aun no era hora, que aun debía entender mis dolores. Ramón bajo lentamente del camión muy calmado me explicó que debía volver al camión que me regresaría al punto de partida, que en cada carretera recogía a uno que otro ser y que había sido un placer conocerme. Mi abuela apretó mi mano y se fue caminado muy tranquila por el túnel.

quedé naif.
muy bueno.