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(Des)encuentro

Enviado por MPdeCM el 08/04/2008 a las 1:52
MPdeCM

Otoño 2008

COUPLE WAITSY ella sabe. Con la blusa ceñida, bien ceñida, y la falda amplia, pero corta, bien corta, sabe que la miran. Y le gusta. Y por eso agita la tela frágil de su falda, ondulando el aire. Al ingresar se detiene un instante, se saca sus anteojos y revisa el lugar. Quiere la mejor mesa, la más expuesta. Cuando su radar da con el lugar perfecto se vuelve a poner los lentes para desplazarse, encrespando todo a su pasar. Se sienta, cruza las piernas desvestidas, su mano derecha se distrae con su melena y la izquierda juega con la traba de una de sus sandalias. Apoya su espalda, deja la cartera en la otra silla y sus ojos avisan que está lista para ser atendida. El mesero le sonríe, le ofrece y espera. Ella pide un café y galletas. ¿Algo más?, quiere saber el dependiente; ella le sonríe y le informa: Viene otra persona?

No va a mirar el reloj. Ella no sabe de esperas; es un verbo que no conjuga. Llega el mozo con la bandeja; siempre sonriente, pone el plato con las galletas y la taza de café sobre la mesa. Ella le sonríe de vuelta. Y comienza el ritual: abrir el envase del endulzante, verterlo en el líquido, revolver, mascar una galleta, dejar la cuchara en el platillo y... ahí se queda esperando sin saber esperar.

Luego de un rato, aparece. Se nota que no tiene mucho tiempo. Hace como que mira y busca, pero en realidad no ve ni encuentra nada. Ella sonríe, alza su mano derecha y sus dedos cortan el aire con natural elegancia por un breve instante. Avanza hasta la mesa, se inclina y la besa suave en la mejilla. No lo puede evitar: se sonroja. Se pasa rápido la mano por la cara, se sienta. Llama al mozo y le ordena un café. El joven le sonríe, pero la mira a ella con algo de complicidad como si quisiera decirle, "se acabó la espera y no, no la dejaron plantada." Los ojos discretos de ella presienten el pensamiento y por eso le regala una sonrisa prudente.

En vez de hacer contacto, se eluden.

Suena el celular de él; contesta, da instrucciones, lanza un garabato, trata de interrumpir a su interlocutor, se molesta y cuelga. Ella, en tanto, se ha vuelto a poner sus anteojos oscuros y toma su brebaje con calma. Sí, lo sabe, de nuevo, la espera que no sabe esperar. Reaparece el mozo con el café ordenado, pero no mira a nadie, algo le dice que no busque ojos que no quieren ser encontrados.

Pide azúcar pero como el camarero se demora, simplemente se para y se cruza hacia otra mesa donde toma el azucarero, como si fuera suyo. Cuando va en la cuarta cucharada, ella indica: ¿no será mucho azúcar? El se detiene, la mira de frente y responde: no, no es mucho, así está bien, gracias.

- Qué distante, que pesado eres a veces.

- Tenemos que hablar.

- Te escucho.

- Tú ya lo sabes, ¿no?

- ¿Qué sé? ¿Que ya no quiero estar contigo, que me aburriste, eso?

- ¿? Perdón, ¿qué dijiste?

Claro, si creías que vivo en el limbo y que me ibas a dar el golpe tú primero. No señor, ya no más golpes inesperados e inmerecidos. No más.

- Eso dije: me aburriste. No más.

Sus ojos furiosos interceptan al mozo y le pide un cenicero y fósforos para encender un cigarrillo. El trabajador le responde que es una cafetería sin sector para fumadores.

- Eres bien tonta tú, ¿ah?, ¿cómo se te ocurre que nos juntemos en un lugar donde no puedo fumar?

- Claro, claro que soy bien tonta yo, sino cómo se explica estar contigo y seguir contigo después de todos estos años de? de?

- ¿De qué, a ver, de qué? ¿No estás tan chorita, ya pues entonces no te detengas, por favor y dilo: tantos años de qué?

- De esto, de esto mismo: de ser tan tonta yo y tan estúpido tú.

- Así es que ahora soy estúpido? mira, ¿ah? Mira no te vengas a subir por el chorro conmigo: yo soy el que vino a terminar contigo, mujer simple y anodina, que no tienes ni chispa, ni cuento, ni mate, ni nada? sólo cuerpo, eso te lo concedo, sólo eres un cuerpo.

- ¿Y tú? Tú sólo eres un pico- se lo grita y todos los ojos y las almas presentes se desploman sobre la mesa que los separa. El apoya el codo en la mesa para sostener su cara que mira el suelo y se esconde detrás de su mano derecha.

- ¿Todo bien, señorita?- la salva (¡sí, la salva!) el mozo. Ella sonríe y el joven ni se inmuta ni se mueve. Ella tiene miedo. No necesita ni imaginar, ni adivinar ni nada parecido para saber lo que viene. Finalmente, él levanta la vista, le toma el brazo a la altura de la muñeca y mastica en un susurro, ?te voy a matar?. El mozo le inyecta su mirada apremiante y se atreve:

- ¿Necesita algo el señor?

- Sí, conch'e tu madre: ¡que desaparezcas!

- Tan roto... ¿Han visto roto igual?...- ella está lanzada y así es como interpela al resto de la concurrencia. Pero no hay eco.

- ¿Me trae un jugo... un jugo de cualquier cosa... por favor?- ella se apiada de todos: él, el mozo y ella misma. El mesero se inclina y se retira. Las voces comienzan a despertar y el ruido a envolver. El le suelta la muñeca. Ella abre su cartera y saca una calculadora.

- Deberíamos sacar cuentas, ¿no te parece?- y como él no atina a responderle nada, ella continúa, implacable: claro, cuentas: todo lo llorado, todo lo postergado, todas las humillaciones, los silencios, las ausencias, las mentiras, los insultos, los empujones, las amenazas... ¿quieres que siga o así está bien?

- Nadie estuvo obligado, que yo sepa.

- Eso es verdad: no nos unen ni papeles, ni hijos, ni deudas comunes. Pero el daño está igual.

- A ver, estúpida, ¿y mis números, mis cuentas, como dices tú, no cuentan, no valen acaso?- ella se sonríe, enciende el aparatito matemático y se dispone a ingresar lo que él le indique.

Silencio. El mozo deja un jugo de frambuesa en la mesa y otro plato con galletas y más servilletas. Más silencio, al que se suma tensión. La ya pasiva concurrencia se anestesia aún más y aunque los ojos se esconden para no denotar su curiosidad, todos están pendientes. Ella es una sola sonrisa. Se ha sacado los anteojos, juega con su melena y asfixia sus lágrimas en las postergaciones, las humillaciones, los silencios, las ausencias, las mentiras, los insultos, los empujones y las amenazas: sólo recordar, no es el momento de ignorar; es el momento de la raya para la suma, piensa.

- ¿Te crees muy chorita tú, ah? ¿Qué sería de ti sin mí? ¿Dónde estarías? Perdón, ¿y tu departamento, el auto, los viajes, la ropa? quieres que siga?

- Está todo pagado.

El se incorpora de golpe, botando la silla. Eleva los brazos y gira sobre sí mismo al tiempo que declama: ¿Todo pagado...? Por favor mujer, ¿de qué estás hablando?

Ahora es ella la que se incorpora de improviso, se sube la falda y exhibe en 360º su ropa interior.

- De esto; DE ESTO te estoy hablando... de mi pago.

- Es cierto, se me había olvidado: pero, ¿cómo se me fue a olvidar semejante detallito? Ahora, si creís que con eso basta, te tengo novedades: ¡erís mala, sí, erís mala en la cama!

Varias manos se agitan en el aire para atraer a sus respectivos mozos para pedir la cuenta. Nadie quiere estar ahí: un ¿en qué puede terminar esto?, se comienza a filtrar en las cabezas de una audiencia que no pidió ser invitada y que ni siquiera quiere comprar entradas para la función. Pero el telón ya está arriba, los actores en posición y el libreto a punto de ser estrenado.

Ella se arregla la falda primero y luego la blusa; lo hace con calmada coquetería. Lo mira, mientras corre un poco hacia atrás la silla y se posa en ella como una diosa, cruza las piernas, su mano derecha acaricia su cuello, sonríe, sacude el pelo. Abre la cartera: saca un espejito y su rouge: no hay ni un solo ojo presente que no esté apoyado en el movimiento de su mano para pintar sus labios.

- Barata, siempre fuiste tan barata.

- ¡¿Y bosnia?!- el grito llega, rebota, repercute y se instala en éste, el último encuentro de una pareja que ya no lo es. Y son estas dos frases las que parecieran resumir todo lo que las almas que caminan unidas algún tiempo, van depositando en el baúl de los dolores, los silencios y los no importa, ya pasará, ya cambiará.

Este es el momento en que un porcentaje significativo de los asistentes y protagonistas no pueden dejar de preguntarse: ¿qué pasó?: ¿cuándo lo semejante se transformó en desigualdad, cuándo lo unido se transformó en distancia, cuándo el debido respeto se transformó en insolente descaro?

Y mientras los mozos se desplazan con las pequeñas bandejas cargadas con los correspondientes recibos, él se arregla el pelo, la chaqueta y la corbata, acerca la silla a la mesa e intenta tomar la mano suave de quien hasta hace un rato era su par. Está fría, muy fría. Y entonces, aunque no sabe hacerlo, comienza a buscar las palabras que le permitan volver a llegar a su alma, obviando por el momento, el cuerpo. Y finalmente, y aunque tampoco sabe hacerlo, ella comienza a esperar.

Etiquetas: | Leer y Escribir

que viaje

Enviado por el 08/04/2008 a las 3:09
Leer y Escribir

cuanta tensión, que bueno!

un beso

Eugenia 


Momentos tensos

Enviado por el 08/04/2008 a las 11:48
Lúthien Tinúviel :: Malú ::

Quién no los ha vivido alguna vez, quizás con mayor o menor intensidad, pero con certeza muy desequilibrantes y no deseados.

A propósito, me encanta como has dejado tu nueva casa, hacen bien los cambios, un refresh cada tanto.

Muy bueno tu té....o café... 

***********

Lo más importante en la vida, es uno mismo.

Malú


recién...

Enviado por el 08/04/2008 a las 11:53
Lúthien Tinúviel :: Malú ::
Me doy cuenta que no es tu casa....

***********

Lo más importante en la vida, es uno mismo.

Malú







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