
Otoño 2008
SEGUNDO MOVIMIENTO
Esa tarde rara y dolorosa, concluyó con que al terminar su café, J. me tomó de la mano, aunque sin mirarme. Me sentí cautivada, pero tampoco lo miré. Su mano era suave. Era la primera vez que nos tocábamos las manos. Y recordé a
Nos pusimos de pié, corrió mi silla, tomó los libros, la otra mano se la pasó por el pelo y yo corté el momento: “así estás bien, te ves bien”, le dije como una tonta que habla porque se muere de ansiedad, porque quiere provocar una reacción, porque no controla la situación. No dijo nada y comenzó a caminar. No sabía si seguirlo o no. Y no lo hice.
Cuando salí tenía ganas de gritar. Pero no al aire: quería gritarle: ¿es que acaso no me ves, no te das cuenta, no te llego? Yo quiero y sé que tú también, pero te atrincheras detrás de tu vocabulario versado, de tus anteojos, de tu escritorio, de tus textos, de tus calendarios de laboratorio farmacéutico, de tu ventanal… no voy a seguir enumerando tus escondites: el médico los tiene todos, el paciente sólo tiene su lengua y su mente para esconder las miserias, los dolores, los hallazgos, las adjudicaciones que debe asumir. El terapeuta tiene cosas tangibles a que echar mano, mientras que el paciente debe conformarse con la maraña abstracta de sus torceduras, de sus quiebres, de sus renuncios, de sus contradicciones…
Ya en la calle y a pesar de no querer, soy violentada por los recuerdos de aquella última vez, y termino en la misma mesa del mismo café. Me rechazó. Podría aullar: join the club! Sí, son tantos los que me han rechazado, me han dejado pasar; el terapeuta actual dice, “has incomodado”. Es duro asumir que uno incomoda al resto, particularmente si ese resto son personas con las que uno quiere estar. Estaba en eso (intelectualizando, para variar) cuando sonó mi celular: “¿Sra. M?; Sí; La comunico con el Dr. J.R.”
- Fue raro verte.
- ¿Para eso me llamas?
- No sé por qué te llamo. Pero lo hago, ¿es lo que quieres, no?
- ¿Y tú no quieres?
Silencio. Corte. Suspiro enmudecido por el miedo a decir lo que una vez dicho no se puede recoger, ni negar.
- No sé por qué vine, es decir, después de todo este tiempo, después de nuestro último café.
- Es extraño hablar de algo como nuestro, ¿no crees? Los libros, eso sí, ellos eran lo nuestro. Nunca debimos haberlos abandonado.
- ¿Para esto me llamas?
- Para, déjate de desafiarme… ¿qué quieres escuchar? Sí, M., sí, yo también tengo ganas.
- Pero como todos, me rechazas.
- Sí.
- ¿… sí…?- la voz me brota como una gotera a punto de secarse.
- Sí, porque te equivocas y te confundes y confundes al resto y entonces uno se asusta. Tú me asustas.
“Tú me asustas”. Lo habría mandado a pintar y lo habría enmarcado para no olvidar esta declaración que me deja hundida. Porque claro, ¿alguien tiene conciencia del miedo que tengo de salir al mundo todos los días? ¿Del miedo que me da cuando quiero que me miren y nadie me mira? ¿Del pavor que siento cuando me abro y me empaquetan de nuevo porque “incomodo”? ¿De la sensación de vacío que me llena cuando hablo y no sé si a alguien le va a interesar o si al menos me van a escuchar? Come on, give me a break: ¿quién asusta a quién? Pero sólo basta cerrar mis ojos para escucharlos a todos, al unísono gritar: TU! Y me pongo chica, muy chica, incapaz de responder nada, ni de defenderme, ni de explicar. Soy incómoda y doy miedo.
- ¿Y por qué te asusto?
- Porque te atreves, porque no te das por vencida, porque no esperas, porque eres bella…- cuando dijo esto último casi se me cae el celular… era lo que nunca pensé escuchar de nadie que no fuera mi marido. Y él lo dijo casi tembloroso. Y recordé ese beso raro que se dan al final Murray y
Bella. Un beso. Y The End.
Epílogo























No imaginé una película, pero si un corto. Tiene muchas imágenes, esta muy bueno Macarena!
Un beso grande!
Euge