
Te miro y concluyo: siempre te he visto igual: imperfecto, despreciable, inadecuado, no-admirable. Una burla. Desde el año uno hasta el año de ahora, un desperdicio.
Sólo logro disfrutarte a oscuras, pensando que no eres quien se deleita, si no que es mi piel, mi sangre, mis latidos, mis membranas, mis ganas.
Ahora, frente al espejo compruebo que no hay nada nuevo: todo sigue igual de mal, igual de feo, igual de ignorable, igual de inútil, igual de extraviado, igual de abandonado.
No has sabido acompañarme: mientras más mina, más hembra, más ardiente, más sexy, más atrevida, más lanzada me he sentido, tú has permanecido pálido, deforme, destensado, inocuo, ausente.
Te he cubierto con todo y con nada, pero tus carencias no desaparecen, y tu apariencia no cambia. Te he usado y te he ignorado, pero tú siempre persistes en negarme.
Varios te han imaginado espléndido, yo nunca; pero a ti no te importan ni las imaginaciones ni las des-imaginaciones: tú eres tú, tal cual. Pero yo no soy yo, tal cual.
Te he supuesto (es más: te he añorado) como todo lo contrario: real, como cualquier otro. No te he querido ni perfecto, ni milimétrico, ni firme, ni irreal. Sólo he aspirado a que seas capaz de sustentar mi “yo, tal cual” sin tener que renunciar a tu individualidad, pero tampoco ignorando la mía.
Es cierto: hemos convivido. Pero nuestra cohabitación ha sido mala. Sé que no me gustas y sé que no te gusto. Por eso quiero decirte algo: yo sé por qué tú no me gustas a mí, sin embargo nunca has tenido la dignidad de informarme por qué yo no te gusto.
Como en la imagen, un día quisiera despertar y verte disimulado debajo de una capa inquebrantable de hiedra. Borrado, así quedarías. Dejándome sola, incapaz de continuar, sin tener que explicar, sin tener que encajar. Y así, muchos años después de ese despertar, poder (¡por fin!) extrañarte, desear volver a tenerte junto a mí.























Pensé que lo ibas a acabar desendole la muerte-pero preferiste volver a verle, excelente relato-Manuel