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Otra Playa

Enviado por el 26.10.2008 a las 17:35

OTRA PLAYA

Esa mañana, caminando por la orilla había varias personas que miraban hacia el caserío y compartían un pensamiento similar:  cuando se recuerda la casa veraniega de la niñez, pareciera que sí se puede volver a esos colores, a los aromas, a los juegos… entonces, se puede volver a empezar. 

 

El agua llegaba sin fuerza y se devolvía igual.  Como los ojos de esos desconocidos, que evitaban mirarse. 

 

Estaba fresco, todos andaban de buzo.  Las mujeres, con el pelo tomado, ellos con gorros deportivos.  Iban con anteojos oscuros, a pesar que el sol aún no se asomaba. 

 

Sus miradas iban del mar al poblado playero que por esa fecha se agitaba con la llegada de los visitantes de fin de semana largo.  Cada par de ojos intentaba adentrarse a una casa distinta y así era como sus mentes retornaban a otros días, cuando sus necesidades eran menores, sus pieles eran más firmes y los misterios del futuro eran muchos más de los que sus mentes podían identificar.   Solían almorzar apurados, dormir muchas horas y pasarse otras tantas entre el mar, las paletas, las miradas furtivas, los planes nocturnos y largas duchas antes de salir a reventar la noche.  Los desilusionados se quedaban en la casa, junto a alguna madre o una abuela, pelando porotos o secando cuchillos y tenedores.  Y siempre había algunos que se quedaban escuchando música o simplemente con los ojos instalados en el techo. 

 

Y entonces, esa mañana de tantos años después, unos volvían a oler la olla humeante de un sabroso plato de granados, mientras alguna apretaba los párpados recordando un primer beso robado y otra mujer se volvía a encontrar con el galán del verano que le había tomado la mano, al tiempo que aquel que le lanzaba conchitas a un perro, se sonreía al recordar la envidia que causaba entre su grupo de amigos cuando jugaba paletas.

Sólo los pies de aquella colección de desconocidos parecían estar ahí, sintiendo el ritmo matinal de la marea.  Sus miradas, sus sonrisas, sus mentes divagaban en sentido contrario. 

 

Una de las mujeres se preguntaba por qué sólo recordaba cosas buenas, si desde hacía muchísimo tiempo sólo era capaz de vivir entre todo lo malo del ser un adulto maduro y responsable.  El hombre del perro intentaba dar con el orgullo con que su chica de entonces lo observaba mientras disfrutaban un paleteo, al tiempo que reflexionaba con amargura sobre como el desprecio mutuo entre él y su mujer se había instalado sin darse cuenta.  Y aquel que se había quedado en la sobremesa, sentía sus ojos humedecer al recordar a su ya fallecidas madre y abuela. 

 

Continuaban parados en la orilla, dando unos pasos hacia adelante y devolviéndose, siguiendo acompasadamente la dinámica marina.  Por la calle iban apuradas las mujeres que daban servicios de aseo y cocina.  No, ya no hay Rosita, ni Clara, ni Julia, ni María, ni la que fuera que los había visto crecer.  No había complicidad con aquellas mujeres que los consentían; hoy estaban las lugareñas que trabajaban despabiladas, por horas. Mientras el camión de la verdura iba adelantado a cargar, algunos perros merodeaban por los basureros públicos y circulaban algunos ciclistas premunidos de cascos, trajes y lentes especiales.  Las bicicletas enclenques y multicolores habían sido exiliadas por diseños ultramodernos y aerodinámicos. 

 

El viento y el sonido seco de una ola más vigorosa que las anteriores, los sacó de sus cavileos.  Sin saberlo, se sacaron los lentes casi al mismo tiempo, mirando al cielo, mojándose alguna mano, y por primera vez, intercambiando vistazos entre unos y otros.  Nadie sonrió, ninguno mantuvo el contacto visual más que por un par de segundos.

 

Recordar, estar aquí y saber que el futuro será más de lo mismo y menos del ayer.  El mar y su espuma, la fuerza de las corrientes, los golpes del agua contra las rocas, las aves revoloteando, el viento desplazando a las nubes.  Y por fin, el sol, majestuoso, que apremia y espanta.  Que suaviza las formas, que nos contagia de energía para seguir con la caminata, el trote y apurarse con algún encargo para el desayuno.

 

-         ¿Cómo estuvo el paseo?

-         Bien, bien… claro que no sé, como que ya no es lo mismo.

-         ¿Lo mismo, qué no es lo mismo?

-         Es como si fuera otra playa.

-         Ah…, eso, otra playa.

¿Era eso, que el balneario era otra cosa o eran ellos los que habían cambiado?, fue el pensamiento que los asaltó.  Pero no levantaron la mirada, no comentaron, no tomaron en cuenta la disquisición que los llenaba de vacío.  Así era más fácil sobrellevar el día a día, anestesiando no sólo al intelecto, sino que también el alma.

 

A la mañana siguiente, estaban de nuevo, los mismos, en igual disposición.  Eso sí, ahora sus ojos consultaban rasgos, vestimenta, en fin, cualquier pista de algo que los ayudara a clasificarse. 

- ¿Irá a salir el sol?- dijo ella.  El movimiento se detuvo.  El de las paletas de antaño, ladeó la cabeza y deslizó brevemente sus lentes oscuros, mirándola.  Aquella que con inquietud recordaba los primeros besos, se adentró hacia el mar, con algo de vergüenza ajena.  Y ese otro, el de mujeres y ollas, sonrió y dijo:  ¿Cómo saber, cierto?  Todo es tan impredecible, por estos lados, ¿no?

Ella sonrió, más tranquila y lo miró cálida.  La de la orilla se dio vuelta y sacándose también los anteojos agregó:  Sí, que ganas de poder saber siempre cómo va a amanecer.

-         Bueno, lo ideal sería saber cómo uno va a amanecer, ¿verdad?- dijo con una leve vibración en la voz el que de joven había sido más bien callado.  Se sacó la gorra y con la mano extendida le dijo a ella:

-         Hola, me llamo Tomás, Tomás Albano, mucho gusto.

-         Igual.  Yo soy Mónica.

-         Y yo me llamo Andrea.

En ese instante, el único que no había dicho nada y aparentaba no escuchar, levantó la vista y sin moverse, dijo:  ¿Andrea… Andrea Montalva, la hermana de la María Amelia?  La interpelada se sintió incómoda y le dijo que sí y antes de poder agregar algo más, él se le acercó, le dio un beso en la mejilla, le dijo que se llamaba Pedro Andrade, que si se acordaba de él cuando salía con su hermana…  Pero ella dejó de escucharlo y sintió un nudo acalambrado en el estómago…

-         Claro, sí me acuerdo de ti- se encontró diciendo, ajena a la interrupción que lo descolocó a él por un momento, el espacio exacto para provocar esos silencios raros.  Todos se miraron, sonrieron.

-         ¿Y cómo está, la Andrea, cómo está?

-         En realidad, no sé, no la veo hace un tiempo ya- dijo ella como si fuera lo más normal y agregó:  ¿y tú?

-         Bien, bien.

 

Callados de nuevo, sin saberlo, sus pensamientos los llevaron a buscar formas de volver a sus casas.  Mirar y no hacerlo, sonreír sin motivo, instalar los lentes y las gorras, comentar con una frase a medio camino.  A los cinco minutos del comentario del pronóstico del tiempo, cada uno iba de vuelta hacia sus respectivas casas.

 

La puerta, el umbral, los mismos olores, sonidos, palabras.  Normal, todo normal.  Y al encontrarse con la pareja, decir como al pasar:  ¿mañana vamos juntos a caminar?

 

 






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