Un Ejemplo en Desuso

Tres siglos y medio antes del nacimiento de Jesús, la región del cercano oriente se vio sacudida por cruentas beligerancias entre los aguerridos macedonios, los hasta ese momento invencibles persas, y algunas otras fuerzas bélicas de relativa importancia.

El gran vencedor de todas las batallas fue Alejandro III de Macedonia, mejor conocido como Alejandro Magno, hijo de Olimpia de Epiro y Filipo II rey de Macedonia. Fue una colección de triunfos que ulteriormente lo convirtió en rey de un vasto imperio que reunió tribus, pueblos y regiones de diversas culturas y lenguas, como Anatolia, Siria, Fenicia, Judea, Gaza, Egipto, Bactriana y Mesopotamia, extendiendo las fronteras desde Macedonia y Grecia, hasta la región de Punjab.

 Fueron doce largos años de campañas militares continuas, enriquecidas con un sinfín de historias y legendas sobre su notabilidad. Pero cuentan que un poco antes de cumplir 33 años, Alejandro participó en un banquete organizado por su amigo Medio de Larisa, y tras beber copiosamente, inmediatamente después de su baño, le metieron en la cama por encontrarse gravemente enfermo. En ese entonces, vivía en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia.

Percibiendo que se ya encontraba al borde de la muerte, Alejandro decidió convocar a sus generales, entre ellos Ptolomeu, Leónidas y otros más, y les dio detalladas instrucciones a Crátero, al comunicarles sus tres últimos deseos:

1 - Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época…

2 - Que los tesoros que había conquistado en plata, oro, y piedras preciosas, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba…

3 - Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos…

Como no era para menos, el ambiente que reinaba en ese momento era de total consternación y desesperanza entre sus más fieles escuderos, pero cuentan que uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuáles eran las razones que lo motivaban a tan sorprendente pedido.

Alejandro hizo un gran esfuerzo para recostarse en su cama y orgullosamente, con su voz autócrata le explicó:

-En primer lugar, -dijo- quiero que sean los más eminentes médicos, los que carguen mi ataúd, para así poderle mostrar a todos, que ellos NO tienen..., ante la muerte, el poder de curar al ser humano.

-Como ordené, quiero que el suelo sea cubierto por mis más ricos tesoros, para que todos alcancen a ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecerán.

-Al exigiros que mis manos permanezcan expuestas fuera de mi ataúd y estas se balanceen al viento…, es para que las personas puedan ver que venimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro que es el tiempo.

Para finalizar, ya con la voz agobiada agregó: -Debes ser suficiente sabio para advertir que al morir, nada material te llevas, aunque creo que las buenas acciones son una especie de comprobante de nuestras praxis… nuca olvides que “Dios no escoge a los capaces… Dios solamente capacita a los escogidos”.

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